lunes, 25 de junio de 2007

Pura casualidad

Siempre produce satisfacción tomar algo caliente en un día frío. Sentado en la silla degustaba mi café diario mirando al exterior. Me gusta ver pasar a la gente con sus prisas, sus discusiones, sus ropas comunes y estrafalarias, sus bolsos, sus maletines, sus carritos y sus niños de manos sucias, ... En esta media hora de almuerzo he visto pasar la vida con más intensidad que en toda mi experiencia vital ( y ya tengo cuarenta y dos años). De todas maneras esto no tiene mucho merito, pues mi vida siempre ha transcurrido entre la monotonía y el desasosiego.
Con las últimos posos de mi taza (siempre me dejo unas gotas) me levante y cogí con mi mano derecha mi sombrero. Normalmente siempre me encaja bien, pero hoy tuve que hacer un estúpido gesto, para que quedara en su sitio. Tengo que tirarlo, no me gusta llamar la atención y seguro que todos estaban esperando que fallara. Al salir a la calle, embebido en el repaso mental de mis últimos informes, no reparé en los números de las calles. Es extraño, porque normalmente soy bastante exacto en mis decisiones (he llegado a contar los pasos que llevan a mi trabajo. Lo necesitaba, era la única manera de llegar antes que mis competidores, todos querían ganarme para que mi suerte se torciera). Varias veces volví sobre mis pasos pero he de reconocer que me perdí. Una ciudad que nunca había visto se paseaba ante mis ojos. Por un momento pensé que había retrocedido en el tiempo. Las gentes, los coches y esos edificios me eran extraños. Creía que ya no existían. Un terrible ardor me subía. No soporto la incertidumbre. Mi vida esta llena de exactitudes y, cuando la cadena se rompe, un nudo se cierra en la boca de mi estomago ahogándome sin clemencia. El sudor frío, la hinchazón de los pies y una ciudad que comenzaba a darme vueltas, me hicieron buscar un lugar donde sentarme. Todos me miraban. Parecían esperar a que cayera. Sólo mi dignidad y la vergüenza consiguieron mantenerme en pie. Me acerque a la puerta de una cafetería y con una aparente normalidad deje mi sombrero en la percha y me senté. En unos segundos todo volvió a su cauce. Estaba en mi ventana, junto al poso de mi café, mirando a la calle viendo como pasaba la gente. Cuando me volví creí percibir una sonrisa en algunos de mis habituales compañeros. Esta vez no era por mí, era por alguien que con un gesto brusco parecía encajarse el sombrero. Uno igual al mio o por lo menos muy parecido. Y sólo recuerdo unas palabras susurradas "Athanasius Pernath" ¿Qué sería ese nombre?

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