lunes, 2 de julio de 2007

Nunca dejes un azulejo suelto.

Si tuviera que juzgarme a mi mismo diría que siempre he sido una buena persona. Pero desde que soy muy pequeño he odiado las motas de polvo. Solía dejarme estar en mi cama durante las horas de la mañana. Mi mano atravesaba con lentitud los haces de luz y las motas de polvo cambiaban su ritmo cansino. Algunas se posaban sobre mis brazos. Yo no las veía, pero lo sabía. Estaban ahí.
Quizás el no haber conocido a mis padres me hizo más retraído. Nunca tuve gran confianza en nadie. Vivía con mi tía, una hermana de mi padre, en una casa antigua de dos pisos y un pasillo enorme que unía todas las habitaciones. Hay cuatro cosas que recuerdo perfectamente de la casa: sus techos altos, esas puertas enormes que se habrían en dos partes y un patio de luz con enormes cristaleras que dejaban pasar la luz generosamente. Mi tía se acostaba conmigo, me tocaba el pelo, y cogiéndome con su otra mano me hacía pasar el brazo por la luz. Las motas se posaban sobre mi brazo y ella me hacía buscarlas. Como no las encontraba se reía... se reía. Ya no se ríe. La cuarta cosa que recuerdo (y que no había olvidado) es un azulejo suelto del piso bajo. Todavía se mueve y en cada leve movimiento resuena la voz ahogada de mi tía bajo el almohadón.

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